La muerte del ídolo. La trascendencia a través de la sensibilidad popular.

Fotografía: Cuauhtémoc Islas
Fotografía: Cuauhtémoc Islas

La curiosidad me motivó. Como pude acomodé mi agenda para poder ir el lunes 5 de septiembre al Palacio de Bellas Artes. Yo no soy fanático de hueso colorado, pero es indudable e irrefutable el lugar de Alberto Aguilera Valadez mejor conocido como Juan Gabriel en la cultura popular mexicana. Falleció el 28 de agosto a la edad de 66 años a causa de un infarto. Se organizó un homenaje con los restos presentes. Al rededor de las 22:00 horas salí de metro Bellas Artes para encontrarme con una inmensa sorpresa. No solo la explanada del palacio, sino que los corredores de la Alameda Central estaban llenos de una fila gigantesca de personas esperando ver al Divo. Avenida Juárez estaba cerrada a la circulación de automóviles. No pensé que la admiración y cariño fuese tanta.

Escuchar a Juan Gabriel me recuerda a los viajes de carretera en el auto con mi madre para ir a visitar a mi abuela al pueblo de San Pedro en el Estado de México. También cuando ella me recogía de la secundaria por las tardes para ir a casa. Escuchaba a muchos cantantes mexicanos populares y entre los más reproducidos en esos viajes era Juan Gabriel. Me guste o no, tengo sus canciones grabadas en mi memoria y las tarareo o canto en mi mente sin darme cuenta cuando las escucho incidentalmente. Querida es un tema que me agrada y más por la versión de Maldita Vecindad. Pero considero imposible que alguien no se conmueva con Amor Eterno, es una canción con la cual mi madre no puede contener las lágrimas tras el fallecimiento de mi abuela. Esa canción llega a lo más profundo del corazón de cualquier persona.

Caminé por tres horas en las inmediaciones de la Alameda Central. Era lógico que en todas partes personas llevaran carteles y cantaran los éxitos del artista. Pero recalco que no imaginaba tal cantidad de gente. A mis 23 años no había visto algo así. La fila serpenteaba sobre los corredores de la Alameda y la gente esperaba su turno. Los ambulantes estaban muy vivos pues vendían recuerditos, fotos, discos y chacharitas. La gente muy amable y entusiasmada se dejaba fotografiar. Para amenizar la espera, se colocaron pantallas gigantes en todo el parque con transmisiones de lo que ocurría dentro del palacio. Pero a esas horas estaban transmitiendo la señal del canal cultural Canal 22. A la media noche se proyectaba en las pantallas teatro experimental, o realmente no sé como llamarlo, un hombre joven semidesnudo recitando y dramatizando con todo su cuerpo mientras que un violinista solo tocaba notas al azar siguiéndolo por el escenario. Una señora me llamó, ella pensaba que yo era trabajador pues no estaba en la fila.
-Díganles que nos pongan música, que pongan a Juan Gabriel que ya nos aburrimos.
-Pues no sé si lo hagan ¿Que no les gusta el teatro?
– ¡¡NOOOOO!! (Muchas mujeres gritaron al unísono desesperado).

Estaba perplejo y trataba de ordenar mis ideas. ¿Eso sería el efecto Pedro Infante? Se me ocurrió preguntarme a mi mismo. Hay personas que no gustan de Juan Gabriel, un cantante más con una fama acrecentada debido a su exposición en los medios, dirán algunos. Pero la gente no lo quería porque sí, de gratis. Indudablemente tenía una gran sensibilidad en sus composiciones, tenía ganas de vivir y cantar con la gente. El público lo disfrutaba. Yo creo que un artista verdadero puede sintetizar el contexto de su tiempo. Él lo hizo a través del sentir popular con temas en su mayoría amorosos y cursis. Su popularidad era clara pues la gente se identifica fuertemente con sus letras. Con la música popular la gente puede demostrar y transmitir sentimientos al dedicar las canciones o cantarlas. La gente que estaba de pie mirando de lejos el recinto donde estaban sus restos, esperando pacientemente su turno para dar un efímero adiós. Me quedó claro que la música hacia sentir a las personas. Es de los medios mas prácticos y accesibles para las masas. Esos cientos de personas no eran acarreados o incidentales pero no me imaginaba que tal cantidad de personas podían demostrar tanta devoción a un cantautor. No fui a ver precisamente a Juan Gabriel, sino a sus admiradores. Una verdadera expresión del pueblo.

Fotografía: Cuauhtémoc Islas
Fotografía: Cuauhtémoc Islas

Armando Hurtado si es un fan de verdad. Estaba ahí formado desde las 19:00 horas y hablé con él casi a la media noche. Recalcaba que no se iría hasta no verlo. Deseaba que pusieran a Juanga en las pantallas del parque para aguantar la espera. “¿Ahora quien le va a cantar a las madrecitas?” escuché decir. Una señora que estaba al lado decía que iba a terminar la espera. Isella llevaba a su hijo: “Mañana no lo voy a mandar a la escuela pues ya lo tengo aquí desvelándolo” dijo. A Isella horas antes le robaron su celular en un descuido. Lamentaba la perdida pues tenía fotografías de su nuevo bebé que estaba en casa y de sus últimos meses de embarazo. Ni modo de a esas alturas salirse de la fila. Yo me retiré, y por lo que observaba a mi alrededor, tal vez les esperaba otra hora de espera. Escuché que se  esperaban entre 500 mil y 700 mil personas. Tal vez eran más. Es la primera vez que a alguien se le hace un homenaje fúnebre dos días seguidos en Bellas Artes. Estoy seguro de que lo llevarán a más partes del país. Como muchos chavos, crecí escuchándolo en la radio, en las fiestas familiares y en los cd´s de mi madre. Inevitablemente suenan sus canciones en mi cabeza a veces. Su música trascendió y es parte del legado cultural popular mexicano.

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